Érase una mujer, casada con un hombre muy rico, que enfermó, y, presintiendo su próximo fin, llamó a su única hijita y le dijo: «Hija mía, sigue siendo siempre buena y piadosa, y el buen Dios no te abandonará. Yo velaré por ti desde el cielo, y me tendrás siempre a tu lado.» Y, cerrando los ojos, murió. La muchachita iba todos los días a la tumba de su madre a llorar, y siguió siendo buena y piadosa. Al llegar el invierno, la nieve cubrió de un blanco manto la sepultura, y cuando el sol de primavera la hubo derretido, el padre de la niña contrajo nuevo matrimonio…
Hnos. Grimm, 1812

Y así fue como con la llegada de la malvada madrastra y sus dos hijas de “negro corazón” empezaron las desgracias de esta heroína atemporal, según cuenta la versión de los Hnos. Grimm (1812). La familia ensamblada no funcionó para la protagonista que fue despachada a la cocina, despojada de sus buenos vestidos y degradada al trabajo doméstico –desde la perspectiva del narrador- para ganarse su sustento. Obligada a limpiar todo el día, siendo objeto de burla de las hermanastras que se divertían ensuciando más de la cuenta para que Cenicienta trabajara. A falta de cama, tenía que dormir sobre las cenizas del hogar, y por su aspecto polvoriento le había sido dado el famoso apodo. Un día, el padre al volver de viaje, les trajo a las hermanastras vestidos nuevos y a Cenicienta un brote de avellano que esta plantó en la tumba de la madre y se convirtió en un hermoso árbol. En esta versión el elemento mágico aparece representado por un pequeño pájaro blanco que se posaba en las ramas del avellano, y desde ahí le daba a la joven lo que ella le pedía. En otra oportunidad, tórtolas y palomas la ayudaron a recoger las lentejas que la madrastra echaba en las cenizas para que Cenicienta no pudiera asistir al famoso baile. Fue también un pájaro posado en el avellano el que le dio el vestido bordado en oro y plata y las zapatillas para que pudiera ir al baile. En esta versión, la joven escapaba al anochecer en el baile dado en el Palacio saltando a un árbol; y cuando pierde una de las zapatillas el príncipe comienza la búsqueda. Las hermanas empeñadas en ser las elegidas tuvieron que cortarse una el dedo gordo del pie y la otra el talón pero al canto de las palomas “…sangre en el zapato, el zapato no le va, la verdadera novia en casa está” eran rechazadas. Cuando finalmente le prueban el zapato a Cenicienta, le queda justo y el príncipe la reconoce. El día de la boda, las avecillas que además de proveedoras eran vengativas le sacan los ojos a las hermanastras para castigarlas por su maldad y condenarlas a la ceguera para todos los días de su vida.

Es importante recordar que los niños no fueron siempre el destinatario de estos relatos y que su representación es un tema histórico-cultural. En la tradición oral, estos cuentos pertenecían a un folklore campesino y se relataban a un público heterogéneo que podía estar integrado también por niños. Estos relatos han atravesado siglos de historia para sobrevivir dentro de lo que hoy se conoce como literatura infantil, como adaptaciones. Según Carranza (2012), el niño como receptor no es un sujeto concreto y real, sino una representación, una idea o concepto de niño que condicionará cualquier proceso de adaptación que se opere sobre el texto original. Como lo menciona Shavit (1991, s/p.) “Hasta el siglo XVIII raras veces se escribieron libros específicamente para niños, y toda la industria de los libros para niños sólo comenzó a florecer en la segunda mitad del siglo XIX”. En este sentido, el concepto de infancia es un fenómeno histórico y cultural, la representación que el autor tiene sobre lo que es ser un niño.
En el análisis de las pasiones desde una perspectiva semiótica (Greimás y Fontanille, 1994) estas son dentro del discurso portadoras de efectos de sentido y despiden un “aroma equívoco” que es emanado por “la organización discursiva de las estructuras modales”. Hablar de pasión es intentar reducir la distancia entre el conocer y el sentir. Uno de los sentimientos analizados es la envidia definida como “sentimiento de tristeza, de irritación o de odio que nos anima contra quien posee un bien que nosotros no tenemos”, y también como “el deseo de gozar de una ventaja, de un placer similar al del otro” (Greimas, Fontanille, p. 163). Esta es una de las pasiones que emerge en la representación afectiva de muchos de los personajes retratados en la literatura infantil; los celos por la belleza, la juventud o las riquezas suelen ser los móviles que desencadenan la tensión narrativa.

En La Cenicienta se puede identificar la envidia de las hermanastras y su madrastra hacia los bienes o emociones positivas (Plantin, 2005) de la protagonista: la paciencia, la bondad, la belleza. En una de las ilustraciones seleccionadas se puede ver a las hermanas en el rol del oponente, en una actitud arrogante, soberbia como emociones negativas; ya ataviadas para el baile y a una Cenicienta agobiada por la angustia y la frustración por no poder cumplir con el deseo de asistir al baile y por no poseer el objeto deseado: un vestido nuevo.

En esta ilustración se ve a la joven que visita la tumba de su madre, se puede percibir la tristeza, la soledad como emociones, y aparece el elemento mágico o sobrenatural que distingue a esta versión de los Hnos. Grimm de otras: las aves como protectoras de la protagonista. En una referencia metafórica las aves que asisten a Cenicienta, especialmente el ave blanca que está subida al almendro que ella sembró en la tumba de su madre; podría interpretarse como una referencia analógica a un espíritu bondadoso que viene a consolarla. Ya en el Génesis la paloma representa la paz y la reconciliación, que en esta historia es lo que falta en el hogar de la joven. Estas aves tienen el poder de darle a Cenicienta lo que ella les pide: un vestido de oro y plata, y zapatos nuevos para ir al baile.

En esta otra ilustración se ve a la protagonista en la cocina rodeada de palomas y aves, la paloma que se posa en la mano de Cenicienta parece reconocer la belleza interior de la protagonista, las demás la rodean consolándola en su soledad. En el relato las aves la están ayudando a recoger las lentejas que la madrastra arrojaba al piso para que Cenicienta las juntara, si terminaba a tiempo podía ir al baile. La protagonista está descalza y pobremente vestida, es la heroína que sufre para luego alcanzar su redención. En este relato son también las aves las que visten y transforman a la joven para que pueda asistir al baile.
Finalmente, luego de varias pruebas de zapatos, de mutilaciones sufridas en los pies por las empecinadas hermanastras, llega el final feliz para Cenicienta con boda y el séquito de las palomas cómplices. En esta versión de un clásico de la literatura infantil cuyo origen se remonta a la literatura oral, se destaca la intensidad de las pasiones o afectos humanos representados mediante simbolismos, construcciones metafóricas y personajes que se desplazan por universos gobernados por el bien y el mal, donde no todos tienen un final feliz.
