Dos perspectivas en la ilustración literaria de uno de los clásicos de la literatura infantil, La Bella Durmiente

Hace muchos años vivían un rey y una reina quienes cada día decían: «¡Ah, si al menos tuviéramos un hijo!» Pero el hijo no llegaba. Sin embargo, una vez que la  reina tomaba un baño, una rana saltó del agua a la tierra, y le dijo: «Tu deseo será realizado y antes de un año, tendrás una hija.»

Jacob y Wilhem Grimm, 1857

Esta historia comienza con el vaticinio de una rana humanizada, que habla y anuncia el próximo nacimiento de la niña. Por un problema de cubiertos, el rey tenía solo doce platos de oro y había trece hadas que invitar; se comentaba que la que quedó afuera era fea y vieja y con poca vida social ya que hacía cincuenta años que no salía de una torre por lo que la creían muerta. Debido a esto, se siente desairada y se desencadena la tensión narrativa. La venganza comienza a planearse e involucra en la maldición a un huso de hilar con el que se pincharía la niña en su quinceavo cumpleaños, y caería muerta. El hada número doce –en la figura del contraoponente–, se opone a esta sentencia y la modifica anunciando que la niña no moriría pero entraría en un sueño que duraría cien años y que únicamente podría despertarla el hijo de un rey.

Como reacción a esto, el rey hace desaparecer todos los husos del reino y la niña crecía en valores como la modestia, bondad, dulzura y sabiduría, como toda princesa buena.

Pese a todas las precauciones del rey, algún incompetente había olvidado un huso en una torre y la pobre Preciosa Rosa, que ese era el nombre de la princesa, toca el huso que hilaba una anciana mujer; se pincha y automáticamente cae todo el reino bajo un sueño soporífero. Este acontecimiento es el que da lugar a la etapa sombría del relato: un cerco de espinos comienza a crecer alrededor del castillo, e impide que alguien se acerque; principalmente los jóvenes que querían conocer a la belleza dormida.

Pasados cien años, aparece un joven de valor que decide enfrentarse al peligro para conocer a la princesa. Como ya habían transcurrido los cien años el cerco de espinas se había transformado en una cerca de flores que se abría para dar paso al príncipe.

El amor que despierta a la bella en oposición al odio que le había causado el sueño de muerte, el reino que vuelve a la vida como consecuencia del despertar de la princesa; se podría interpretar como una referencia metonímica en una relación de causa-efecto.

Como todo cuento de hadas adaptado, termina en boda y vivieron felices para siempre.

En la primera ilustración, a nivel icónico se representa una escena con la princesa en su cuna y a su lado aparece la figura del hada malvada que ofrece como regalo el huso con su sentencia de muerte. A nivel iconográfico, la imagen del hada que en realidad es una bruja muestra una figura agazapada con un perfil malicioso y el detalle de las alas rojas; la acentuación a nivel de la enunciación visual que connotaría a un dragón o a un demonio. A nivel tropológico, el ilustrador propone esta referencia metonímica para enfatizar la maldad que se cierne sobre la niña. Otro detalle interesante es la puntilla de la cuna que termina en un borde que simularía el cerco de espinas vaticinado. En esta configuración se puede identificar una oposición entre la maldad y la bondad; entre la malicia y la inocencia.

En la segunda ilustración, se da protagonismo a la figura de la bella que duerme, no se incluye a su antagonista. A nivel icónico, el ilustrador ubica en un primer plano la imagen de una joven rodeada por un cerco de rosas. En oposición a la imagen anterior el enunciador de esta ilustración decide representar a la protagonista del relato en otro momento de su historia, la adolescencia. El punto de vista que se plantea le da prioridad a la belleza aclamada de la princesa y el elemento que evoca su sentencia es el cerco pero que no es de espinas sino que está florecido y con pájaros en sus ramas. A nivel tropológico, el cerco florecido apelaría al inicio de una nueva etapa en la vida de la joven y a la llegada anunciada del amor, y a su libertad como consecuencia. En esta ilustración, quien representa visualmente el relato decide enfatizar las emociones positivas como la belleza asociada a la bondad y a la vida asociada al amor. Las rosas florecidas funcionarían como el indicio de que la princesa, está por despertar. En esta imagen no aparecen representadas las emociones negativas, se implicarían en el sueño de la joven.

En cada ilustración literaria su enunciador evidencia un punto de vista único y particular sobre una narración; en el énfasis puesto en un signo, un símbolo o una analogía visual se presenta un argumento, que puede cambiar la historia.